….Por Jaime Hales

Me preocupa Chile. Me preocupa el tono con el que nos hablamos, la facilidad para agredir o para responder con cierta violencia frente a cualquier cosa que aparezca como provocación, lo sea realmente o no. Los chilenos estamos alterados, con “la mecha corta”, intolerantes. La prueba más evidente parece ser el éxito de un programa político cuyo nombre significa “intolerancia”. Como si de eso se tratara: de no tolerar al que piensa distinto, de no aceptar que somos parte de una comunidad en la que no todos tienen que pensar igual, sino por el contrario en la medida que nos relacionemos desde distintas ideas y puntos de vista podremos enriquecer nuestra sociedad y favorecer nuestro desarrollo personal. Y yo entiendo el desarrollo personal como la expansión de la potencia divina que todos llevamos dentro, inmersos en la realidad terrena, asumiendo que en el mundo las personas estamos conectadas y gracias a ello somos capaces de expandirnos cada uno y mejorar la vida de la sociedad.

Alguien lo atribuye al clima electoral. De ser así parece que estamos en un continuo electoral, donde los que ganan y los que pierden, en lugar de dedicar sus empeños a gobernar y legislar, estuvieran siempre en una campaña en la que se trata de desacreditar al rival, destruirlo, de conseguir su desprestigio, aun a costa de mentir. Y cuando digo mentir, no sólo me refiero a inventar hechos falsos – de lo cual hay mucho – sino de exagerar, insinuar, distorsionar, dar tonalidades de irregular a lo que no lo es. Y de ese modo se conseguir confundir la corrupción verdadera con el manto de duda sobre los demás. O buscar el “empate”, diciendo que “puede que los míos roben, pero los tuyos también”.

Después de algunos años de cierta tranquilidad en los discursos – con las vehemencias propias de las contiendas políticas los tonos se fueron endureciendo y junto con destaparse ollas de corrupción por las vinculaciones entre la política y el dinero, los políticos y los dueños del gran capital, para decirlo más claramente se desataron campañas de denostación y desprestigio y de agitación desesperada.

Estos últimos tres años – puede que más – ha sido un tiempo en el que unos han estado en espera de que el gobierno termine para volver a ocupar los cargos dejados en 2014 y otros se han movido con desconcierto en el más amplio sentido de la palabra, transitando entre la responsabilidad de gobernar y la ansiedad de destacarse criticándolo todo, incluso a sus propios aliados.

¿Qué podemos pedir a los ciudadanos comunes y corrientes cuando los líderes de la sociedad viven en el odioso ambiente que hemos descrito?

El trato entre los aliados es tan belicoso como entre los rivales, agregando además que la referencia a los de la vereda de enfrente incluye términos tales como “enemigo”.

Y cuando miramos televisión, sabemos de programas en los cuales todo consiste en hablar mal, hacer insinuaciones, introducirse en la vida privada, destacar lo malo de los otros, los defectos, los errores, las dificultades o simplemente hablar del pasado o de los parientes.

En la actual campaña podemos percibir un tono agrio y belicoso en muchos de los voceros formales e informales, que ponen temas de acuerdo con los intereses particulares de cada uno. Y eso vale para todos. Tal vez unos sean un poco más prudentes, pero al correr de los días los más suaves se inquietan porque si se portan bien salen menos en las pantallas.

Cuando ciertos “viejos” se indignan con una candidata acusándola de hablar despectivamente de una joven diputada, entre ellas se dan un abrazo porque entendieron que no hubo nada en contra de nadie. Esto nos lleva a mirar con buenos ojos el acceso de mujeres y hombres más jóvenes a la escena política, que saben que el futuro no se construye sobre un cimiento de agresiones, extorsiones, amenazas, descalificaciones.

En la sociedad, en las disputas políticas, en los ambientes del arte, la cultura, la educación, la empresa, todos partes de una misma sociedad, nadie es enemigo, sino solamente un adversario circunstancial. Porque todos somos parte de un pueblo que tiene derechos y obligaciones, que tiene problemas, que quiere soluciones, que tiene proposiciones e ideas, que sueña con un mundo mejor. Cuanto antes debemos protagonizar el encuentro de quienes piensan distinto, para ver si acaso podemos dialogar buscando lo mejor para el país en su conjunto. No se trata de apoyar los proyectos en que no creemos, sino de ser positivos para escuchar y leer las propuestas, corregir, formular nuestras propias alternativas y llevar las cosas a definiciones democráticas.

Seamos vehemente, apasionados, entusiastas, pero siempre propositivos, generadores de proyectos y señaladores de nuevos caminos. Ni apáticos ni abstencionistas ni marginales, sin renunciar al pensamiento propio y a la lucha por nuestros derechos, pero sin destruir a las personas que están detrás de los planteamientos ajenos.

Un periodista me preguntó hace unos días: ¿Cómo puedes tener amigos que estuvieron con la dictadura? Yo le dije que la amistad es antes de las ideas y de las opciones políticas. Si creo que mi amigo está equivocado, por la amistad y el amor, se lo debo decir y conversaré con él hasta el cansancio, pero no dejaré de estar a su lado y de quererlo. Porque ahí está la clave, que vayamos construyendo un mundo de respeto, diálogo, amor, entendimiento.

www.sincronya.cl

Paimún

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