Un artículo publicado en el New York Times de Elizabeth Dunn y Michael Norton (ambos profesores de psicología y administración de empresas en Columbia y Harvard) plantea el debate sobre cuánto dinero necesita una persona para ser feliz.

No es sorprendente que las personas con un nivel de vida confortable sean más felices que las personas que viven en la pobreza. Sin embargo, en el estudio mencionado se afirma que el ingreso adicional no compra cualquier felicidad adicional.

El estudio reveló que cuando usted renuncia a comprar cosas (incluso cuando puede comprar todo lo que quiera), puede disfrutar mucho más de las cosas que ama. Se tiene la creencia que poseer un objeto que deseamos nos hará mucho más felices, aunque una vez conseguido es posible que dicha felicidad sea más bien efímera.

Los psicólogos y psiquiatras consideran que ganar más para adquirir más está generando una neurosis. El destacado psicólogo británico, Oliver James, habla sobre la ansiedad permanente por tener más y mejor, desde inmuebles, carros, pasando por todo tipo de objetos domésticos y personales, hasta más grandes senos, menos arrugas e incluso penes más largos.

Este síndrome hace que la gente se identifique por lo que tiene y aparenta, lo que crea un vacío espiritual que es cada vez más corriente en los países del primer mundo, a diferencia de las sociedades en desarrollo donde, según la Organización Mundial de la Salud, éste casi no existe.

El deseo de tener y consumir termina finalmente en el Prozac, medicamento para calmar la ansiedad y los nervios, que es de gran venta en los países del primer mundo.

Se ha comenzado a buscar nuevos indicadores de felicidad en reemplazo del producto interno bruto. Así, han aparecido el Indicador de Riqueza Genuino (IRG), que pone mayor énfasis en la calidad de vida; y el Índice del Planeta Feliz (IPF), que le da prioridad a una larga vida sin impactos nocivos contra el medio ambiente.

Mediale

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