La palabra inmunidad significa estar aprovisionado, pertrechado, o provisto, de defensas.

En su famoso libro “La enfermedad como camino”, y refiriéndose al sistema inmunológico, Rüdiger Dahlke y Thorwald Dethlefsen afirman que defender es sinónimo de rechazar, y que el rechazo es lo contrario del amor.

Si bien esto puede ser cierto en un sentido, en otro la defensa está ligada, en primera instancia, a la protección y al cuidado de la vida, mientras que el rechazo es secundario a la misma, sólo si la defensa ha fallado. La protección es, probablemente, la primera función biológica por la cual la vida se cuida a sí misma.

Imaginémonos por un instante cómo se formó la primera célula: en un medio marino, un grupo de proteínas desarrolló una membrana, con lo cual quedó constituida la unidad celular originaria. Esa membrana no tuvo como función primaria la defensa o el rechazo, sino la de establecer una autonomía relativa, o sea, crear su propio medio interno, lo que equivale a decir, su propia individualidad. Por otro lado, la membrana celular es semipermeable, es decir que en la célula existe una necesidad de intercambiar con el medio, no de rechazarlo, ya que, de ser así, inevitablemente moriría.

Probablemente las primeras formas de defensa hayan sido posteriores al desarrollo de la membrana, como consecuencia de la ingesta de elementos que pudieran ser nocivos para la célula. Existen bastantes certezas en cuanto a considerar a la fagocitosis como la más primitiva forma de defensa.

Los fagocitos del sistema inmunológico actual del ser humano son las células que heredaron esa función.

La vida se manifiesta en infinita variedad de formas, pero todas ellas cumplen con un mandato esencial, que es el de protegerse. La vida se protege y se cuida a sí misma porque de lo contrario no hubiese podido desarrollarse de ninguna manera.

Cuidar la vida es amor y viceversa.

En términos de la filosofía de Bach, el Alma protege y cuida a la Personalidad por medio de sus virtudes, como una madre buena lo hace con su hijo recién nacido.

Las virtudes del Alma constituyen el verdadero sistema inmunológico del ser humano, siendo la garantía del Amor y de la Salud.

Pero no todo funciona de esta manera. La Personalidad, en su desarrollo, busca satisfacer sus propias necesidades y realizar sus propios deseos, no pudiendo evitar competir con el Otro, quien, al poseer su propia personalidad, hace lo mismo. Es en este proceso donde la Personalidad comienza a desarrollar un sistema de defensas secundario y con fines egoístas, con la intención de exaltarse a sí misma y rechazar al Otro, a quien se considera un rival. Allí sí, Dahlke y Dethlefsen tienen razón, ya que este rechazo es contrario al Amor.

El sistema inmunológico de la Personalidad no es perfecto, por lo tanto, suele fallar en numerosas ocasiones, dando lugar al desarrollo de enfermedades. Siguiendo esta línea de pensamiento, todas las enfermedades involucran al sistema inmunológico y pueden ser consideradas inmunopatologías.

La tarea terapéutica propuesta por Bach consiste en rescatar y recuperar la fuerza protectora de las Virtudes del Alma, a fin de que la Personalidad se despoje de sus modos erróneos de defenderse, y pueda considerar al Otro como un hermano y no como un rival o enemigo. En definitiva, así como la célula se desarrolló a partir de un intercambio con el medio, del cual no puede sustraerse, también el ser humano, guiado por su Alma, puede ser conducido a un estado de comunión, que le permita vivir en paz y armonía.

Sólo así la in-munidad podrá ser transformada en co-munidad.

El sistema inmunológico responde a nuestros estados emocionales, como se ha comprobado en estudios que demuestran cómo una profunda aflicción puede reducir la fuerza inmunitaria de un modo espectacular.

Las células inmunitarias se desarrollan primero en el tuétano de los huesos, y luego aquéllas destinadas a convertirse en células T son transportadas al timo, una glándula próxima al corazón, donde maduran.

Esta proximidad y conexión con el corazón no es accidental. A medida que exploremos las relaciones psicosomáticas con mayor profundidad, veremos cómo el sistema inmunológico responde a los sentimientos y pautas de pensamientos positivos y negativos, sobre todo a los presentes en el corazón.

El cerebro está también estrechamente vinculado al sistema inmunitario, y determinados estados de ánimo pueden tener poderosos efectos en la bioquímica del cerebro, influyendo así en el funcionamiento del mismo.

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Paimún

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