Jaime Hales

En mi reciente libro “La Era de Acuario: el Gran Cambio en Marcha”, expongo mi visión sobre el devenir humano y los lineamientos que nos propone la nueva era que estamos ya viviendo. Hay quienes me dicen que soy excesivamente optimista, pues ante los acontecimientos del presente las cosas parecen tomar otros rumbos.

En los procesos de cambio que involucran a grupos humanos, es esperable que quienes detentan el control del poder se resistan, pues el cambio traerá limitaciones a su primacía e incluso puede haber sustitución de personas y grupos que dirigen los destinos de la sociedad. Esa resistencia a veces se torna feroz, como lo hemos visto en ciertos procesos, expandiéndose la violencia como método de mantención de las estructuras que benefician a los que mandan y se benefician de la organización del conjunto social. Para ello, los violentos llegan al extremo de incitar a otros a desarrollar métodos violentos diciendo que promueven el cambio, justificando así su predominio. Lo he dicho en textos anteriores: las pandillas de Bush y de Bin Laden en 2001, estaban tras lo mismo. Temen perder su predominio y para eso deben activar todos los mecanismos que justifiquen su pensamiento y acción. No son violentos espontáneos, no son reactivos emocionales, sino que ejercen un método diseñado para consolidarse hasta el fin de todos los tiempos, como es el sueño de los tiranos, de los imperios y de los grupos que se sienten de elite.

Las señales del cambio están claras y la sociedad mundial avanza hacia allá, pese a la insistencia de ciertos líderes por detener el proceso. La paz, la justicia, la fraternidad son aspiraciones re-

ales que cada vez más personas y grupos levantan como banderas. Unos con fuerza intelectual, otros emocional, otros con una mirada holística e integradora.

Los gobernantes que llegan a su posición con discursos extremistas (Trump, es el ejemplo más claro, como lo fue Humala en Perú hace años), aunque repitan majaderamente su amenazas y discursos violentistas, van cediendo en los hechos a conductas que los hacen caminar en el sentido contrario. Observemos, por ejemplo, el tema de Corea.

Luego de las mutuas amenazas, lo que ha ido sucediendo es que ambos gobernantes, cediendo ante sus propios asesores , ayudantes y ante el clamor de otros gobernantes del mundo, sus propios ciudadanos , las voz y acción de grupos de todo el planeta, no les va quedando otra cosa que aceptar el camino del diálogo y la búsqueda de acuerdos.

Las imágenes de los presidentes de ambas partes de la Corea dividida abrazándose y expresando alegría nos ayuda a impulsar a muchos que están dudosos por el camino del diálogo y la concordia.

¿Será fácil?

No, pues indudablemente habrá quienes provoquen interrupciones del esfuerzo, tanto por miedo como por ambición, por soberbia y porque se sienten poseedores de la verdad. Y serán grupos armados particulares o Estados dominando a pueblos enteros, que sienten que deben acrecentar su poder frente a los deseos de paz y entendimiento de las personas.

Siempre el discurso marginador, de dominación, de superioridad aparente, de ser poseedor de la verdad, será suficiente para mover a las personas que n se detienen a escuchar su voz interior tanto espiritual, como emocional e intelectual. Lo vemos con el caso de las relaciones de Chile con Bolivia, donde un cierto tono de superioridad, avalado por las normas jurídicas y los resultados de una guerra, dificultan el entendimiento. La soberbia de gobernantes de ambos países y el fanatismo nacionalista postergan o dificultan la vida en paz como lo merece el ser humano para su propio progreso material y desarrollo integral.

Cada paso que damos enfrentará la disyuntiva de si acaso actuar con violencia o con espíritu de paz. La decisión debe ser consciente y tomada cada vez, no dando nada por hecho ni por sabido.

Es la mirada en la perspectiva de una nueva era que ya estamos construyendo.

 

Lahsen2

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