…Por Corina Valdano

 

La inteligencia emocional es un músculo que hemos de aprender a ejercitar. Resulta vital en el vínculo con nosotros mismos y los demás comenzar a entrenarnos en este valioso hábito. Ser inteligentes emocionales es contar con nuestra capacidad consciente de gestionar lo que sentimos con madurez, en lugar de caer en el arrebato de someternos a nuestros primitivos impulsos inconscientes.

Cuando ignoramos y desatendemos lo que sentimos, lo que no es visto se presenta “como destino”. Si ignoramos que nos rechazamos resonaremos con personas que nos recuerden ese destrato. Así, la agresión del otro habla más de cada uno de nosotros que del otro. La pantalla del mundo es un espejo en donde nos reflejamos. Si en lugar de indignarnos con lo que nos pasa, comenzamos a indagar nuestra interioridad, comprenderemos que no somos ajenos a los resultados que obtenemos.

La Ley de Resonancia afirma que de acuerdo a nuestra vibración atraemos acontecimientos acordes a nuestras verdaderas emociones. Viene bien aclarar que la famosa “ley de atracción” no responde a nuestros anhelos y deseos sino a lo que “estamos siendo y sintiendo” momento a momento. Más que sentarnos a desear fuerte e imaginar escenarios, lo sensato es abordar nuestro mundo emocional y alinear nuestro sentir con nuestro porvenir. Así, por ejemplo: podemos desear conseguir un buen trabajo, pero si no confiamos en nuestros recursos y nuestro potencial resonaremos con aquellos empleos acordes a la confianza que nos tenemos. Del mismo modo respecto a una pareja…cuando el patrón de elección se repite, no es mera casualidad. Se trata de una sincronicidad que nos invita a trabajar lo que nos negamos a reconocer de nuestra interioridad. Remarco la palabra “repetición” porque en la exageración de un patrón está la clave se nuestra superación. Por eso no es lo mismo “una experiencia” que una secuencia de vivencias en donde cambiamos el actor, pero mantenemos el guion.

Si nos enojamos con el afuera y ponemos el problema en los demás nos perdemos la oportunidad de auto-indagar en nosotros mismos. El mundo externo no es más que un reflejo de nuestro intrincado mundo interno. Hallar la punta al ovillo y empezar a “hilvanar” nos lleva a un lugar de verdadera madurez emocional.

Si pretendemos conseguir lo que deseamos, deberíamos empezar observando nuestras emociones, pensamientos, sentimientos y creencias. Cada contenido interno es una vibración que haya su correspondencia en el mundo exterior. Así el mundo exterior e interior no es más que una manera “dual” de expresar lo mismo en diferente polaridad. La mente del hombre separa para entender: yo / el otro – externo / interno – arriba / abajo. Cuando trascendemos las dualidades y comprendemos que no hay separación dejamos de sentirnos ajenos a lo que acontece a nuestro alrededor. Ser protagonista es “hacernos cargo” de lo que generamos y tomar cada experiencia con un sentido de trascendencia y auto-superación. Sentirnos victimas nos esclaviza en el mismo patrón de repetición y nos sumerge en el sueño hipnótico de la separación.

Somos marionetas de nuestra limitada personalidad cuando respondemos al entorno desde la ceguera emocional. Tomar las riendas es poner luz en la oscuridad y animarnos a mirar dentro en lugar de señalar con ira lo externo.

El sentido común nos ayuda a esclarecer lo que nos puede resultar complejo comprender: Cuándo nos miramos al espejo y nos vemos despeinados… ¿Peinamos el espejo o peinamos el cabello? Seguramente lo segundo si somos sensatos. Pues bien, ¡a veces vamos por la vida queriendo peinar espejos!

Ahora que sabemos que todo es un espejo de nuestros movimientos internos, lo emocionalmente inteligente será dejar de proyectar y empezar a ejercer plena responsabilidad en la construcción de nuestra realidad.

¿Cómo ponerlo en práctica en la cotidianeidad?

  1. Registrar y tomar conciencia de los acontecimientos, sucesos y estilos vinculares que se repiten en nuestros escenarios de vida.
  2. Dejar a un lado el hábito de justificar y culpar a nosotros mismos o los demás.
  3. Auto-indagarnos: ¿qué características, actitudes y comportamientos que aborrecemos resuenan con nuestro trato interno?

Para cerrar los dejo con una frase que resume sabiamente lo que acabo de compartirles:

“Lo que resistes persiste, lo que aceptas te transforma”. Carl G. Jung.

Psicóloga Corina Valdano. (Terapia Online)   www.corinavaldano.com

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Las trampas de la dependencia emocional

Necesito de otros para arrancar

Nuestra vida dependió desde sus inicios de un “cordón” a través del cual nos alimentamos y respiramos. El llanto desgarrador que acontece al momento de parto supone la angustia de separación de aquel otro que nos nutrió. Ese corte de cordón simboliza la inauguración de un nuevo ser viviente que viene a vivir su propio destino. Dada su real vulnerabilidad, dependerá de figuras de autoridad que lo cuiden y protejan hasta que la autonomía gane su justo y merecido lugar… Crecidas las alas, ¡echamos a volar!

Este proceso natural puede devenir en dependencia emocional cuando por variadas circunstancias identificamos nuestra identidad enlazada a la necesidad de un otro que nos alimente…sobre todo afectivamente.

Cuando la presencia de un “otro” se torna condición para el disfrute y la satisfacción seguimos funcionando como atados a ese fundante cordón. Esa cuerda de carne y amor que en algún momento fue nuestra salvación hoy será lo que nos mantiene atados a los demás…Ya no mamá, serán los amigos, los hijos, familiares, hasta conocidos…pero alguien “tiene que estar” porque de a uno no nos podemos pensar. El otro se convierte en una especie de prótesis emocional para las carencias de una identidad que no puede verse entera, sino que funciona con otra “mitad”. Así todo plan incluye a otro que le dé sentido: desde ir al cine, salir a caminar, ir a desayunar a un bar hasta planificar un viaje, arreglarse y cocinar. Si es “con” un otro o es “para” otro no dudamos en actuar. Sin darnos cuenta vamos asociando “neurológica” y “psicológicamente” toda actividad placentera a la presencia ineludible de la compañía de los demás.

Es indudable que somos seres sociales y que disfrutamos el compartir…pero “preferir” no es lo mismo que “necesitar”. Cuando preferimos “elegimos”, cuando “necesitamos” dependemos. Esta dependencia tiene su raíz en la carencia y en la creencia de sentirnos mitades y no personas enteras.

Las personas dependientes emocionales no se mueven de donde están tampoco arrancan hacia ningún lugar si no tienen a alguien que les acompañe, les motive o les anime.

Gran parte del miedo a la soledad deriva de asociar todo lo bello, disfrutable, divertido y placentero al fenómeno de “lo compartido”. Cuando el otro no está o deja de estar se extraña en verdad “quienes somos cuando estamos con otros”. Al duelo por la ausencia de aquella presencia se le suman los proyectos, las actividades y los planes que percibimos como adheridos arbitrariamente a lo vincular.

Cuando el otro es una opción y ya no una “condición” comenzamos a sanar esa herida emocional de depender de los demás. La salida saludable será que empieces poco a poco a ejercitar en soledad lo que hasta entonces solo pensabas en plural. No esperes a tener visitas para cocinarte, el vino puede abrirse, la ropa puede estrenarse, también puedes mudarte e irte de viaje. Los demás pueden sumarse a una vida que ya es de por sí gratificante. Cuando aprendemos a ser nuestra mejor compañía ya no tememos a la soledad ni demandamos a los demás que nos den lo que no nos sabemos dar. La madurez emocional supone indagar modos propios de felicidad.

Cuando construimos por nosotros mismos una vida interesante, con metas y proyectos personales y tiempo ocioso reconfortante habrá otros en igual condición que resuenen con esta evolución y autorrealización. Los vínculos felices y libres, no se exigen ni se persiguen, son derivación de una sana relación que hemos construido con nuestro interior.

“Colocar la felicidad en “otros”, no es amar, es ponerlos a trabajar para lograr tu bienestar. Una vida digna supone una felicidad auto-construida, sostenida en metas y superación, y no en dependencia y reclamo hacia el exterior”.

Psicóloga Corina Valdano. (Terapia Online)   www.corinavaldano.com

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El Síndrome de vivir apurados y atareados

¿Qué nos pasa a los humanos que estamos tan preocupados por mantenernos ocupados?

¿De qué nos perdemos cuando corremos sin pausar nuestro andar?

La sociedad nos impulsa a la competitividad, a la ambición y a la superación. En una carrera contra el tiempo pretendemos abarcar mucho más de lo que nos da el cuerpo.

Rostros cansados, miradas enajenadas, piernas extenuadas. Y seguimos “tirando…” ¿De quiénes? De nosotros mismos. ¿Hasta dónde? Esa es la cuestión…

El límite puede ser determinado o auto-generado. Lo primero, es resultado de una desatención de lo que nos está pasando y de desoír las alarmas de la saturación. Así la “Vida” se encarga de frenar lo que de otra manera no se puede parar: una enfermedad, una crisis personal, una separación que evidencia un descuido vincular. Como si fuera una campana, nos despertamos tras lamentar consecuencias que hubiésemos podido evitar… Lo segundo, resulta de un cambio de conciencia que emerge luego de experimentar el sinsentido de correr sin llegar a ningún lugar.

Esto último es fruto de un trabajo personal, de un “despertar” del ensueño en el que caemos cuando olvidamos que somos seres sintientes y funcionamos como autómatas inconscientes.

Este mensaje no alienta a una vida aletargada y conformista. No se trata de “bajarnos del mundo”, se trata más bien de aprender a “pausar” para replantearnos el rumbo. Muchas veces subimos escalón por escalón una larga escalera que cuando llegamos a la meta nos damos cuenta que estaba apoyada en la pared equivocada. A veces, esto se advierte en la vejez y el sinsabor del sinsentido irrumpe como un gran dolor y frustración. Si, por el contrario, podemos entrenarnos en mirar más allá de la inmediatez y preguntarnos ¿para qué? Es posible que a tiempo y por propia decisión podamos ir replanteando y resignificando nuestra dirección. A veces, lo que antes sí, ahora no…O lo que antes no…, ahora sí. Pero si no hay un dialogo interior que dé lugar a esta reflexión seguimos transitando un camino marcado que ya no nos conduce en la dirección que ansiamos.

Los rumbos son flexibles, los objetivos pueden cambiarse, las metas pueden replantearse. No somos siempre las mismas personas, nuestro grado de conciencia se va ampliando con cada experiencia. Un propósito planteado en un grado de conciencia inferior puede ser distante de quienes estamos siendo “hoy”.

Aquí está el quid de la cuestión, que el acelere no nos deja vivir en el hoy…La mente cabalga como caballo indomable, se apresurada y siempre está un paso adelante: “lo que tiene que ser hecho”, “lo pendiente por hacer”, “lo que viene después…”. El “ahora” se convierte en el ayer que aconteció sin nuestra presencia por estar abrumados y atareados. ¿Dónde estamos cuando estamos? Ser jinete entrenado es traer la mente al momento en el que estamos y reflexionar hacia dónde vamos cuando andamos tan ocupados y apurados. De esta honda reflexión puedo surgir una nueva inspiración, un replanteo de dirección, una pregunta que da lugar a nuevas respuestas. Así podemos seguir subiendo la escalera, escalón tras escalón, pero con la certeza de no errar de dirección.

Sabernos, escucharnos, preguntarnos, replantearnos, es tener la humildad de quien busca sentir paz más que tener “razón”.

La vida se compone de instantes mágicos, de encuentros sagrados y de apreciaciones espontáneas…La felicidad se parece más a una “foto” que logramos captar, que a una película que tiene continuidad…Si vamos demasiado apurados, no podemos registrar ni reflexionar lo que verdaderamente nos aporta bienestar.

Silenciar los ruidos externos, mirar hacia adentro, moderar lo exagerado y descomprimir lo comprimido, posibilita aquietar la acelerada mente para que se exprese lo que realmente siente esa parte que queda vedada por la abrumada actividad que no nos deja conectar con lo que queremos en verdad…

Es absoluta responsabilidad decidir vivir la vida desde la superficialidad de lo urgente o desde la profundidad de lo importante. Cuando por atender a lo urgente, descuidamos lo importante corremos el riesgo de errar la dirección y anestesiar nuestro corazón…

“Que la lucidez de tu conciencia sea el faro que guie tu rumbo.”

 

Psicóloga Corina Valdano. (Terapia Online)   www.corinavaldano.com

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¡Agotados! La fatiga emocional

Ir y venir, correr y seguir… El ritmo de vida que llevamos hace que nos detengamos muy poco a preguntarnos: ¿Cómo nos sentimos? ¿Qué se mueve en nuestro interior? Nos angustiamos, sentimos cansancio, pero…hay tiempos que cumplir, hay muchas cosas por hacer. Sin embargo, lo que pateamos para adelante lo volvemos a encontrar y lo que no queremos mirar, de repente se presenta con la contundencia que quiebra el velo de la ilusión de la transitoria negación.

Así vamos ciegamente por la vida, “digiriendo” como podemos lo que vamos viviendo. La cultura nos ofrece analgésicos para el malestar emocional: carteras y zapatos de oferta, hamburguesas de tres pisos, ansiolíticos al alcance de la mano, revistas y programas para poner la mente en “off” y un etcétera tan largo como alcance nuestra imaginación.

La fatiga emocional se instala como consecuencia de esta manera tan apresurada e inconsciente de vivir. Se manifiesta como un cansancio excesivo que combina síntomas de ansiedad, depresión y estrés. Este agotamiento se produce por una saturación de emociones que acaban desbordando la capacidad del aparto psíquico para procesar sus contenidos. El concepto de “masa crítica” ayuda a comprender esta manifestación. Esta noción deriva de la física y aplicado a la psicología refiere a “una cantidad de eventos necesarios que sumados dan lugar a un determinado fenómeno emocional”. El saber popular diría: “La gota que colma el vaso…”.

Así una persona puede de repente sentirse extenuada o entrar en crisis ante un determinado estímulo. Sin embargo, para que esa circunstancia tenga el suficiente peso debe combinarse con otras que le anteceden pero que fueron minimizadas, subestimadas, reprimidas, postergadas y hasta enterradas.

Los sentimientos de incomprensión, las carencias afectivas, las emociones contenidas, las desilusiones no gestionadas, las frustraciones reiterativas van alimentando un malestar emocional silencioso que de repente logra ex/presarse (salirse de preso). Allí es cuando al tomar conciencia podemos:

  • Reforzar la dosis de analgésicos culturales para los dolores del alma.
  • Echar las culpas fuera.
  • O bien, detener la marcha, pausar la vida y mirarnos de frente…

La última opción nos vuelve adultos emocionales. Ser un adulto emocional es ser capaz de reconocer las propias emociones y gestionarlas de un modo funcional, sin auto-maltrato ni daños a terceros.

La tarea intransferible y fundamental para no caer en estados de fatiga emocional consta de tres etapas que ayudan a ir “drenando” y alivianando la psiquis.

Es nuestra responsabilidad ir “haciendo espacio” para que lo nuevo acontezca y lo viejo circule. Se trata de oxigenar lo suficiente para que podamos respirar con más expansión y no nos intoxicarnos por acumulación de emociones enquistadas.

 

Tres instancias fundamentales para no caer en estados de fatiga emocional:

1)- En primer lugar, será necesario “darnos cuenta” de que tenemos un cuerpo y que necesita ser atendido, de que la mente está de a ratos galopando y debemos traerla con amabilidad al tiempo presente y a las sensaciones que estamos experimentando. Además, “darnos tiempo” para preguntarnos: ¿si estamos agitados? ¿Ansiosos? ¿Pesimistas? ¿Aletargados?

2)- Comprender nuestras emociones: admitirlas sin juzgarlas como buenas o malas. Escuchar el mensaje que nos traen, la información de nuestro interior respecto a cómo estamos viviendo, cómo nos estamos relacionamos, con quiénes y qué nos pasa en esas circunstancias. Si valoramos esa información podremos tomar decisiones que contemplen el sentir además del pensar racional, tan reforzado en la educación occidental. Ambas dos: razón y emoción deben integrarse y considerarse.

3)- Gestionarlas adecuadamente: las emociones recorren un circuito de intensidad que si les permitimos su libre circulación van auto-regulándose desde la plena conciencia. Debemos ser como pastores acompañando el rebaño. Darles libre circulación no significa darle libre actuación. Es bueno marcar esa diferencia ya que suele confundirse… ¿verdad? Solo luego de observarlas y comprenderlas podemos elegir desde la conciencia de sí los canales más funcionales y saludables de expresarlas.

Ya sabes, no se trata de ir más rápido sino más consciente. Solo así lograremos andar por la vida lo suficientemente lucidos y despiertos para evitar el agotamiento innecesario.

Andar ligeros de cargas emocionales nos provee de una energía adicional que quedará disponible para el logro de metas y satisfacciones acordes a nuestras más sinceras motivaciones.

Psicóloga Corina Valdano. (Terapia Online)   www.corinavaldano.com

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Aprender a cuidar de uno mismo

Me gustaría hablarles de algo que en apariencia resulta obvio pero que sin embargo desatendemos con frecuencia o confundimos con sustitutos. S trata del “autocuidado consciente de sí”. Vivimos en un contexto que invita al consumo, la diversión y la dispersión. Creemos que nos dedicamos a nosotros mismos cuando nos compramos objetos que ansiamos, nos damos gustos postergados o adquirimos el celular de última generación…Este tipo de conducta no busca nuestro beneficio y realización, más bien es una dinámica de mercado que responde a intereses a los que servimos ciegamente. No estoy en contra de la vida de placer, no si es solo un condimento a algo mucho más esencial y sustancial.

El “cuidado consciente de si” no responde a las reglas del mercado, tampoco pretende oponerse. La paradoja es que vivimos en una sociedad “egocéntrica” en la que a cada instante nos dejamos de lado. Así es…suena extraño. Resulta que cada vez que nos orientamos hacia la búsqueda de satisfacciones externas, nos alejamos más y más del despliegue de nuestra verdadera Esencia.

El autocuidado lúcido a veces debe resignar las ganas, postergar lo inmediato y trascender las seducciones del mercado para “hacer pie” en una zona de sí que pueda observar desde una distancia óptima y discernir lo aparente de lo sustancial. El Vedanta, una escuela de filosofía dentro del hinduismo, nos ofrece un término que opera como un recurso fundamental en el arte de ir lúcido y despierto por la vida: “Viveka”: “la capacidad de distinguir entre lo Real y lo ilusorio”. Correr tras lo aparente, lo ficticio y lo superficial nos frustra cada vez que es alcanzado. Y cuando la des-ilusión no es suficiente para quitarnos el velo de la ignorancia creemos que en realidad necesitamos más para sentirnos mejor cuando en verdad no se trata de duplicar la apuesta sino de dejar de apostar en promesas de felicidad inconsistentes.

 

“Podemos adornarnos por fuera y vaciarnos por dentro. Podemos llenarnos la panza y tener hambre de afecto. Podemos taparnos de objetos y ser pobres de anhelos”.

 

Cuidar de sí es saber distinguir que lo que brilla no siempre es lo más luminoso. Identi/ficarnos con las apariencias es “fijar/identidad” en lo transitorio y circunstancial. Si así sucede, “Soy” lo que tengo y “Soy” lo que me acontece. Esta perversa ecuación hace que nuestro valor sea prefigurado desde afuera.

El desafío de la época es “darse cuenta” y no comprarnos un buzón, sería algo así como dejar de ir tras un Pokemon. Cuidar de sí es escuchar la voz del silencio e interrogarnos a nosotros mismos, sosteniendo la tensión de la verdad que a veces incomoda:

¿Qué busco llenar con compulsiones?

¿Qué busco olvidar con evasiones?

¿Qué busco evadir con anestésicos?

Nos cuidamos cada vez que nos interrogamos… ¿Qué dirección quiero darle a mi vida? ¿Mis decisiones y acciones son coherentes con los fines que persigo?

La pregunta será… ¿De qué nos cuidamos? De caer anestesiados en la masificación, de perdernos el privilegio humano de la libre elección. “Elegir” proviene del verbo “legere” (leer). La calidad de nuestras elecciones dependerá de nuestra capacidad para “leer” la realidad. Observar con criterio, discernir con lucidez, pausar la velocidad enajenante de la vida cotidiana nos preserva de caer en la trampa de los automatismos y en la falacia del sinsentido.

“Aquel que mira afuera, sueña. Quien mira en su interior, despierta”.

Carl G. Jung.

Cuidar de sí es asumir la propia vida, velar por nuestros sueños y servir a nuestros propósitos más íntimos. Un dialogo abierto y sincero con nuestra interioridad es la brújula que nos orienta para no perdernos en la inmensidad de estímulos vacíos y carentes de identidad. No hay descuido más temido que el abandono del Sí Mismo. Cuídate de caer dormido, de olvidarte de tus dones, de subestimar lo importante.

 

“Regálate lo que no se compra, prémiate con lo que no se agota, inicia lo que nunca concluye: tu propia superación”.

Psicóloga Corina Valdano. (Terapia Online)   www.corinavaldano.com

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Paimún

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