Cada vez son más las personas que se interesan por el desarrollo interior. Son cada vez más frecuentes los artículos, textos y referencias  literarias, sobre el proceso evolutivo  de los seres humanos, que eleva a la persona hacia la dimensión espiritual.

El anhelo de muchas almas por contemplar la belleza y gozar de la paz espiritual, en su búsqueda de un mundo mejor, más justo, amoroso y en paz, provoca un gran sufrimiento en sus vidas, cuando la experiencia les muestra lo contrario en su cotidianidad.

En este momento histórico que vivimos como humanidad, a pesar de la abrumadora cantidad de seres que se definirían como buscadorxs,  todavía evaluamos los procesos desde la dualidad placer, dolor; bienestar, malestar; agradable, desagradable, fruto de una modalidad de pensamiento racional, que no corresponde a la consciencia espiritual,  que busca el beneficio personal como meta. Quizás estemos confundiendo espiritualidad con placer, con bienestar y aun no tengamos las claves para integrar los procesos que nos sacan de la comodidad, del deseo proyectado, que se frustra al no coincidir con nuestra supuesta necesidad personal.

El proceso evolutivo de un alma a través de la experiencia en el mundo, lleva a la consciencia, del yo al nosotros y de ahí a la consciencia global de la Tierra como entidad. Los alquimistas llamaban a este estado “Unus Mundus” uno con el mundo. El mundo, el planeta Tierra, como entidad tiene un orden particular y una necesidad compensatoria que está más allá de las necesidades particulares de las partes en su Todo; la evolución a veces, se manifiesta en el tiempo, con procesos devastadores que son ininteligibles para la razón y la necesidad de los seres humanos individuales, que  queremos que todo siga de acuerdo a nuestras preferencias. Los reajustes en las estructuras vitales que elevan la consciencia del Ser en cualquier vehículo-forma, necesitan indefectiblemente disolverse para que las nuevas concepciones vitales, más acordes con la evolución del momento,  encuentren el espacio óptimo para hacerse manifiestas en el tiempo. Todo lo nuevo nace de la disolución de lo viejo.

Cada experiencia humana, ya sea personal, social o universal,  por muy devastadora que pueda parecer a priori, esconde una lección insustituible, que, si somos capaces de integrar, elevará la consciencia personal, grupal o universal, en función de la solidaridad con la Vida desde donde hayamos vivido el proceso. La visión grupal desfasa a la personal y la universal a ésta, llevando a la consciencia, en situaciones límites, a estados trascendentes que permitirán contemplar la belleza del verdadero Amor, más allá de la devastación.

“Que el dolor traiga la debida recompensa de luz y amor.

Que el alma controle la forma externa, la vida y todos los acontecimientos, y traiga a la luz el amor que subyace en todo cuanto ocurre en esta época”.

Olvidándome de mí y de mi interés personal, al atender la necesidad que vi, mi vida cobró sentido una vez más y el tedio rutinario de una vida egocéntrica se desvaneció en la acción solidaria para un bien mayor que el que buscaba como “yo”.

Cada experiencia “negativa” nos permite disolver la parte resentida de nosotros, que la vive como herida, como desilusión, como pérdida. Permitiendo que en su lugar, un poco más de luz, favorezca el entendimiento de su verdadera necesidad evolutiva y nos regale una nueva visión más completa y amorosa.

Vivir desde la espiritualidad es mucho más que anhelar la gloria, o buscar la paz del mundo, es encajar la vida cada día, manteniendo la paz y el amor en nuestra consciencia; sabiendo que la existencia terrenal nos traerá solo aquello que esté en concordancia con la necesidad vital que el alma necesite en cada momento.

La fe en todo el proceso, el amor como presente-futuro y la sabiduría en cada paso, hará resurgir de las “cenizas”  de cada experiencia pasada, un mundo más pleno y amoroso.

Por Luis Jiménez

 

Mediale

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